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Historia

Antes de la matrícula: cuando el automóvil comenzó a tener identidad en México

En 1903, la Ciudad de México dictó su primer reglamento para automóviles: conducir exigía aptitud y el automóvil empezó a tener identidad. Así comenzó la historia de la matrícula, y por eso una placa antigua puede ser hoy una pista.

N.º 1 · Octubre de 2026 · 5 min de lectura

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Fotografía en blanco y negro de un Ford Modelo T de hacia 1910 con su placa numerada al frente.

El automóvil llevaba apenas unos años en las calles de la Ciudad de México cuando, el 25 de agosto de 1903, el Distrito Federal publicó su Reglamento para la Circulación de Automóviles. Entre sus disposiciones apareció una exigencia que hoy damos por sentada: el automóvil tenía que poder identificarse.

Una máquina sin lugar

La historia había comenzado unos años antes. En 1895 se registró la importación de uno de los primeros automóviles que circularon en el país, adquirido por Fernando de Teresa. Eran máquinas extraordinarias, escasas y costosas, que compartían la calle con carruajes, tranvías y peatones sin un lugar definido en el orden de la ciudad. En 1896, Alexander Byron Mohler y William P. de Gress construyeron en la capital, de manera artesanal, el primer automóvil hecho en México.

El automóvil comenzó a multiplicarse, y con él apareció una necesidad nueva para las autoridades: saber qué vehículo circulaba, quién era su propietario y quién respondía por él.

Postal coloreada de una calle del centro de la Ciudad de México con un automóvil abierto y carruajes tirados por caballos.
Un automóvil entre carruajes en la calle de San Francisco, hoy avenida Madero, a principios del siglo XX. Postal estereoscópica · Wikimedia Commons (dominio público).
Vista elevada de la entrada del Paseo de la Reforma con la estatua ecuestre de Carlos IV y carruajes.
La entrada del Paseo de la Reforma, hacia 1905-1910, cuando los carruajes todavía eran mayoría. Foto: autor desconocido, hacia 1905-1910 · Wikimedia Commons (dominio público).
Grabado de dos hombres a bordo de un pequeño automóvil de cuatro ruedas de bicicleta.
El primer automóvil construido en México, hecho a mano en la capital en 1896 por Alexander B. Mohler y William P. de Gress, en un grabado publicado en Francia en 1898. Grabado · Wikimedia Commons (dominio público).

El reglamento de 1903

El reglamento no se limitaba a ordenar la circulación. Quien quisiera conducir debía comprobar su aptitud para manejar y que poseía «las condiciones de prudencia y sangre fría, seguridad de pulso y buena vista» necesarias para dirigir el vehículo, frenarlo y detenerlo a tiempo. De acuerdo con el documento de referencia de esta nota, el automóvil debía además ser inspeccionado antes de recibir su autorización y quedaba incorporado a un registro del gobierno.

Y, según ese mismo documento, aparece un elemento que a cualquier coleccionista le resulta familiar: la placa metálica. Debía ir en un lugar visible, con el nombre y el domicilio del propietario y el número que le correspondía en el registro.

No era todavía la matrícula que conocemos. Era el principio de algo más amplio: el automóvil comenzaba a tener una identidad propia ante la autoridad.

No era todavía la matrícula que conocemos. Era el principio de la identidad del automóvil.

El número 1

Los registros de aquel periodo permiten ir más allá de la ley y encontrar algunos de los primeros números asignados. Según los documentos que dieron origen a esta nota, la lista comienza con una familia de la élite porfiriana: Pablo Escandón, con el número 1; Manuel Escandón, con el 2, y Antonio Escandón, con el 3. Después aparecen otros nombres, como los de Jesús Pliego y Jorge del Río.

Para la historia del automóvil, esos nombres son algo más que una lista. Son pistas. Detrás de cada número hubo un automóvil, un propietario y una historia, y ahí empieza lo más interesante para un coleccionista: la diferencia entre conocer un registro y conocer el automóvil que estaba detrás de él.

Que un propietario aparezca junto a un número no significa que hoy podamos identificar con certeza el automóvil que lo llevó. La investigación histórica exige separar lo que un documento demuestra de lo que todavía hay que comprobar.

Fotografía de un palacio de dos pisos con balcones y columnas en una esquina de la Ciudad de México, con un tranvía y transeúntes.
El palacio de la familia Escandón en la Ciudad de México, hacia 1905-1910. Foto: autor desconocido, hacia 1905-1910 · Wikimedia Commons (dominio público).
Vista elevada de la avenida Juárez llena de gente, carruajes y automóviles.
La avenida Juárez entre 1910 y 1915: el automóvil ya formaba parte del paisaje. Foto: Bain News Service, Biblioteca del Congreso de EE. UU. · Wikimedia Commons (dominio público).

Una placa puede ser una pista

Más de un siglo después, una matrícula antigua puede convertirse en una pieza de investigación. Por sí sola no demuestra la procedencia de un automóvil, pero gana valor cuando se cruza con otras evidencias: el número de chasis y el de motor, las fotografías, las facturas, los documentos de propiedad, los archivos del fabricante, los registros de los clubes y los nombres de los dueños anteriores.

Una placa puede llevarnos a una fotografía. Una fotografía, a un propietario. Y un propietario, a una factura, a un taller o a una etapa desconocida de la vida del automóvil.

Fotografía en blanco y negro de un Ford Modelo T de hacia 1910 con su placa numerada al frente.
Un Ford Modelo T de hacia 1910 con su placa al frente: un número que hoy puede ser una pista.

Por eso, cuando durante una restauración aparece una matrícula antigua, conviene documentarla antes de intervenirla: fotografiarla tal como se encontró, anotar sus números y letras, conservarla y sumarla al expediente del automóvil. No porque toda placa antigua sea excepcional, sino porque nunca sabemos qué información guarda hasta que investigamos su contexto.

Más de un siglo después

El sistema de identificación de los vehículos cambiaría muchas veces durante el siglo XX: los diseños, los materiales, los formatos, las autoridades y los registros. Pero aquella primera necesidad permaneció: identificar el automóvil.

Para nosotros, una placa puede parecer apenas un trámite. Para un automóvil antiguo, puede ser una pequeña pieza de su biografía. Quizá esa sea la manera más interesante de mirar una matrícula histórica: no como un simple número, sino como una pista. Porque conservar un clásico no significa solo conservar su carrocería, su motor o sus piezas originales. También significa conservar las evidencias que permiten reconstruir la vida que tuvo antes de llegar a nuestras manos.

Documento de referencia: Reglamento para la Circulación de Automóviles del Distrito Federal, 25 de agosto de 1903, Archivo Histórico de la Ciudad de México (Fondo Ayuntamiento, Vehículos Automóviles, vol. 1787, exp. 1). Fuentes complementarias: Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes, «El mercado mexicano y los primeros automóviles» (El Mirador); tesis «El surgimiento del automóvil en México», publicada por el INAH, que transcribe los requisitos para conducir del reglamento de 1903 y menciona a Pablo Escandón y a José de Jesús Pliego entre los primeros dueños de automóvil.

Por la redacción

Esto es parte de la edición N.º 1 · Octubre de 2026.

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